Luego está, claro, la siempre difícil tarea de escribirlo y describirlo para todos los públicos, o más bien para el público que se suponía tenía antes la agencia de noticias en español por antonomasia y el que tiene ahora, inabarcable por cuanto su repercusión digital es inabarcable. Eso también es mucha responsabilidad y por eso hay que tener especial cuidado en lo que se dice y cómo se dice.
De ahí que ahora, al releer crónicas que escribía hace veinte o quince años, me sonroje al ver cómo intentaba parecerme a las cabeceras musicales de referencia "indie" de la época, quizá a veces con más prosopopeya o cierto postureo que acierto u objetividad.
¿Algunos ejemplos? Venga, va. Sin criterio alguno, sin orden ni concierto (guiño, codazo, comillas con los dedos).
EL HOMBRE TRANQUILO: MÚSICA CLÁSICA PARA LAS ESCUELAS DEL SIGLO XXI
Carlos Bazarra
Valencia, 11 jun (EFE).- Van Morrison demostró esta noche en Valencia la vigencia de su patrimonio musical, el que le mantiene en forma a sus 60 años con canciones que corean miles de personas, con actitudes y gestos que impresionan por su tranquilidad, con melodías que son parte de la historia popular y que deberían estudiarse en las escuelas del siglo XXI.
El conocido popularmente como "León de Belfast" presentó en el Palau de la Música su nuevo disco, "Pay the devil", una nueva excusa para volver a la América de la que tanto ha bebido en sus 40 años de viaje musical por el rock, el blues, el folk, el jazz y, ahora de nuevo, el country.
En un escenario austero, salió acompañado por una banda de media docena de excelentes músicos -guitarra, bajo, batería, piano, steel guitar y violín, junto a las coristas- y enfundado en su tradicional traje y sombrero oscuros, parapetado tras unas gafas ahumadas y con un reloj frente a él, en su también característica pulcritud horaria: noventa minutos exactos de recital.
"Magic time", "Back on the top", "Stranded", "Only a dream", "Fame", "There stands the glass", "Early in the morning", "Precious time", "Bright side of the road", "Don't you make me high" y, cómo no, "Brown-eyed girl" para cerrar el jardín de las delicias.
Son, entre otros, engranajes de un concierto que sonó perfecto en la Sala Iturbi, quizá demasiado calculado pero musicalmente impecable: la acústica acompañó a un repertorio muy compenetrado que, dicen, es para gente adulta. Si más niños se levantaran por la mañana con "Bright side of the road", el mundo iría mejor. O, por lo menos, irían más contentos al colegio.
Van Morrison se dejó querer por un público que le conoce bien. Hizo sus habituales recitados imposibles, con frases ininteligibles y gruñidos vehementes. Tocó el saxofón, la guitarra y la armónica, y no dirigió ni una palabra a la platea.
Dirigió a su banda, ordenó repetir un tema porque no le gustaba su arranque, dio la espalda al respetable para verificar que sus músicos daban lo mejor de sí mismos, se fue en pleno clímax de "And the healing has begun" para dar pie a un bis tan necesario como previsible: la chica de los ojos marrones no envejece, sigue haciendo el amor sobre la hierba y cantando junto a él ese "shala-la-la-la" final que ya es música clásica del siglo XX.
En el concierto sonaron Hank Williams y Webb Pierce, pues había que presentar su nuevo disco de raíces americanas, pero también se escucharon temas épicos de su característica sensibilidad, ésa que bebía de poetas como W.B.Yeats y que sentó cátedra en bandas como Waterboys y Chieftains, pero también en Sinead O'Connor. La cultura de las leyendas, la música como viaje espiritual al pasado.
Van Morrison viaja mucho y deja ver su equipaje, no se arrepiente de ser un irlandés que conquistó medio mundo con discos como "Moondance", "Astral weeks" y "Hymns to the silence", o más recientemente "The healing game" o "What's wrong with this picture?".
Ahora disfruta de una cómoda post-madurez, ve cómo la gente se levanta de sus cómodas butacas de auditorio para batir palmas, corear como puede los temas más recordados de su extensa discografía y volver a sus casas para, el lunes, comprarse ese disco que le falta del cantante irlandés.
Van Morrison parece ya el ex boxeador creado por John Ford, Sean Thornton. Un pasado fiero, rebelde, agresivo, que los años han transformado en antipática comodidad tras serle reconocido y alabado su papel para entender la música de los últimos 40 años.
Mañana los valencianos podrán comprobarlo de nuevo y, los días 27 y el 28 de junio, los bilbaínos en sendos recitales en el Palacio Euskalduna en medio de una extensa gira por Estados Unidos, Inglaterra, Canadá y, cómo no, Irlanda. No lo puede negar, el león dejó paso al hombre tranquilo. EFE cbr
El conocido popularmente como "León de Belfast" presentó en el Palau de la Música su nuevo disco, "Pay the devil", una nueva excusa para volver a la América de la que tanto ha bebido en sus 40 años de viaje musical por el rock, el blues, el folk, el jazz y, ahora de nuevo, el country.
En un escenario austero, salió acompañado por una banda de media docena de excelentes músicos -guitarra, bajo, batería, piano, steel guitar y violín, junto a las coristas- y enfundado en su tradicional traje y sombrero oscuros, parapetado tras unas gafas ahumadas y con un reloj frente a él, en su también característica pulcritud horaria: noventa minutos exactos de recital.
"Magic time", "Back on the top", "Stranded", "Only a dream", "Fame", "There stands the glass", "Early in the morning", "Precious time", "Bright side of the road", "Don't you make me high" y, cómo no, "Brown-eyed girl" para cerrar el jardín de las delicias.
Son, entre otros, engranajes de un concierto que sonó perfecto en la Sala Iturbi, quizá demasiado calculado pero musicalmente impecable: la acústica acompañó a un repertorio muy compenetrado que, dicen, es para gente adulta. Si más niños se levantaran por la mañana con "Bright side of the road", el mundo iría mejor. O, por lo menos, irían más contentos al colegio.
Van Morrison se dejó querer por un público que le conoce bien. Hizo sus habituales recitados imposibles, con frases ininteligibles y gruñidos vehementes. Tocó el saxofón, la guitarra y la armónica, y no dirigió ni una palabra a la platea.
Dirigió a su banda, ordenó repetir un tema porque no le gustaba su arranque, dio la espalda al respetable para verificar que sus músicos daban lo mejor de sí mismos, se fue en pleno clímax de "And the healing has begun" para dar pie a un bis tan necesario como previsible: la chica de los ojos marrones no envejece, sigue haciendo el amor sobre la hierba y cantando junto a él ese "shala-la-la-la" final que ya es música clásica del siglo XX.
En el concierto sonaron Hank Williams y Webb Pierce, pues había que presentar su nuevo disco de raíces americanas, pero también se escucharon temas épicos de su característica sensibilidad, ésa que bebía de poetas como W.B.Yeats y que sentó cátedra en bandas como Waterboys y Chieftains, pero también en Sinead O'Connor. La cultura de las leyendas, la música como viaje espiritual al pasado.
Van Morrison viaja mucho y deja ver su equipaje, no se arrepiente de ser un irlandés que conquistó medio mundo con discos como "Moondance", "Astral weeks" y "Hymns to the silence", o más recientemente "The healing game" o "What's wrong with this picture?".
Ahora disfruta de una cómoda post-madurez, ve cómo la gente se levanta de sus cómodas butacas de auditorio para batir palmas, corear como puede los temas más recordados de su extensa discografía y volver a sus casas para, el lunes, comprarse ese disco que le falta del cantante irlandés.
Van Morrison parece ya el ex boxeador creado por John Ford, Sean Thornton. Un pasado fiero, rebelde, agresivo, que los años han transformado en antipática comodidad tras serle reconocido y alabado su papel para entender la música de los últimos 40 años.
Mañana los valencianos podrán comprobarlo de nuevo y, los días 27 y el 28 de junio, los bilbaínos en sendos recitales en el Palacio Euskalduna en medio de una extensa gira por Estados Unidos, Inglaterra, Canadá y, cómo no, Irlanda. No lo puede negar, el león dejó paso al hombre tranquilo. EFE cbr
UN VIAJE MUSICAL CON WATERBOYS: DE NORTEAMÉRICA A LA LUNA PASANDO POR IRLANDA
Carlos Bazarra
Mislata (Valencia), 25 sep (EFE).- Mike Scott, el alma británica de The Waterboys, tocó el cielo hace ahora 30 años gracias a "The whole of the Moon", asombró poco después al mundo con su inmersión irlandesa de "Fisherman's blues" y desde entonces no ha parado de viajar musical, espiritual y literariamente hasta llegar a América.
Esta noche, en una abarrotada sala Repvblicca de Valencia y acompañado por una banda de lujo, Scott ha demostrado con creces que no solo es uno de los talentos del pop-rock, del folk y del blues más prolíficos de la música contemporánea, sino también un pescador de melodías, un buscador de la poesía mística y un chamán del ritmo.
Sus Waterboys de 2015 suenan apabullantes, con una comunión perfecta de guitarras, percusión, teclados y violín -a cargo de uno de sus históricos colaboradores, Steve Wickham- que desgranan orgullosos algunas de las gemas de su último disco, "Modern Blues" (grabado en Nashville, la cuna del country), y repasan sin pudor varios de los himnos del pop-rock, el folk y el blues que ha dejado el grupo en sus 32 años de historia.
Scott, quien a mediados de los 90 aparcó temporalmente su banda para editar dos discos en solitario tras un poco aplaudido viaje musical a Nueva York ("Dream harder"), ha liderado hoy una fiesta a la que muchos acudían con sed de nostalgia -Valencia es conocida por su pasión "remember" ante grupos clave de los 80- y que ha conjugado la defensa de sus nuevos temas con el ataque al repertorio clásico.
Del último viaje musical transatlántico de Scott han sonado desde la inicial y épica "Destinies entwined" hasta "I can see Elvis" -un nuevo homenaje a sus ídolos musicales-, "Rosalind" -tras confesar su rechazo a la más famosa revista española del corazón-, "November tale", "Still a freak" y una maratoniana "Long strange golden road".
Ataviado con un sombrero vaquero y alternando guitarras y piano, Scott ha dado al público también lo que quería: clásicos. Y han caído bastantes.
"A girl called Johnny" (con el violín a modo de trompeta) ha sido el primero pero le han seguido "We will not be lovers", "Medicine bow", "Glastonbury song" y, tras atreverse con el "Roll over Beethoven" de Chuck Berry, tres trallazos emocionales de una tacada: "The whole of the Moon", "A pan within" y "Don't bang the drum", todas ellas de "This is the sea" (1985).
El público ha retrocedido tres décadas y se lo ha agradecido, especialmente porque las dos últimas han sonado esta noche desnudas, con Scott al piano y Wickham al violín, estremeciendo aún más el sentimiento nostálgico por aquello que se llamó "big music" y que los Waterboys hicieron posible con su rock épico.
Dejaron para el bis "Fisherman's blues" y en la sala retumbaron los sones del mejor folk-rock irlandés, ese al que Scott se entregó desde finales de los 80 hasta principios de los 90 y que dejaron en aquella época dos discos de estudio, completados posteriormente por nuevas recopilaciones que sacaron a la luz multitud de descartes en una época especialmente fructífera y festiva para la banda.
En el concierto, con el que finaliza la gira española de presentación de "Modern Blues" tras pasar por Albacete, Alicante, Barcelona y Madrid, Mike Scott, el enamorado de la obra poética de Yeats, ha vuelto a demostrar que es el alma imperecedera de los Waterboys y que atesora un presente -rockero- enérgico e igual de respetable que los éxitos rentables de su pasado. EFE
cbr
Esta noche, en una abarrotada sala Repvblicca de Valencia y acompañado por una banda de lujo, Scott ha demostrado con creces que no solo es uno de los talentos del pop-rock, del folk y del blues más prolíficos de la música contemporánea, sino también un pescador de melodías, un buscador de la poesía mística y un chamán del ritmo.
Sus Waterboys de 2015 suenan apabullantes, con una comunión perfecta de guitarras, percusión, teclados y violín -a cargo de uno de sus históricos colaboradores, Steve Wickham- que desgranan orgullosos algunas de las gemas de su último disco, "Modern Blues" (grabado en Nashville, la cuna del country), y repasan sin pudor varios de los himnos del pop-rock, el folk y el blues que ha dejado el grupo en sus 32 años de historia.
Scott, quien a mediados de los 90 aparcó temporalmente su banda para editar dos discos en solitario tras un poco aplaudido viaje musical a Nueva York ("Dream harder"), ha liderado hoy una fiesta a la que muchos acudían con sed de nostalgia -Valencia es conocida por su pasión "remember" ante grupos clave de los 80- y que ha conjugado la defensa de sus nuevos temas con el ataque al repertorio clásico.
Del último viaje musical transatlántico de Scott han sonado desde la inicial y épica "Destinies entwined" hasta "I can see Elvis" -un nuevo homenaje a sus ídolos musicales-, "Rosalind" -tras confesar su rechazo a la más famosa revista española del corazón-, "November tale", "Still a freak" y una maratoniana "Long strange golden road".
Ataviado con un sombrero vaquero y alternando guitarras y piano, Scott ha dado al público también lo que quería: clásicos. Y han caído bastantes.
"A girl called Johnny" (con el violín a modo de trompeta) ha sido el primero pero le han seguido "We will not be lovers", "Medicine bow", "Glastonbury song" y, tras atreverse con el "Roll over Beethoven" de Chuck Berry, tres trallazos emocionales de una tacada: "The whole of the Moon", "A pan within" y "Don't bang the drum", todas ellas de "This is the sea" (1985).
El público ha retrocedido tres décadas y se lo ha agradecido, especialmente porque las dos últimas han sonado esta noche desnudas, con Scott al piano y Wickham al violín, estremeciendo aún más el sentimiento nostálgico por aquello que se llamó "big music" y que los Waterboys hicieron posible con su rock épico.
Dejaron para el bis "Fisherman's blues" y en la sala retumbaron los sones del mejor folk-rock irlandés, ese al que Scott se entregó desde finales de los 80 hasta principios de los 90 y que dejaron en aquella época dos discos de estudio, completados posteriormente por nuevas recopilaciones que sacaron a la luz multitud de descartes en una época especialmente fructífera y festiva para la banda.
En el concierto, con el que finaliza la gira española de presentación de "Modern Blues" tras pasar por Albacete, Alicante, Barcelona y Madrid, Mike Scott, el enamorado de la obra poética de Yeats, ha vuelto a demostrar que es el alma imperecedera de los Waterboys y que atesora un presente -rockero- enérgico e igual de respetable que los éxitos rentables de su pasado. EFE
cbr
SOLE GIMÉNEZ RESUCITA CON ORGULLO LA CLASE LUMINOSA DE PRESUNTOS IMPLICADOS
Carlos Bazarra
València, 4 feb (EFE).- Sole Giménez ha diseñado una gira de celebración de sus 40 años de vida musical donde el pop luminoso, mediterráneo y con clase de sus ya lejanos Presuntos Implicados ha vuelto a brillar en un recital de dos horas y media en el que han cabido también Joan Manuel Serrat, el flamenco y hasta Edith Piaf.
Ante un entregado público que había agotado hace días las entradas en el Palau de les Arts de València, la cantante, compositora, letrista y jurado televisiva ha desplegado este viernes un orgulloso ramillete de canciones en el que ha sabido reivindicar su pasado más pop, funky y desenfadado junto a su presente más femenino, ya en solitario y donde el bolero, la salsa y los ritmos caribeños maridan con su voz, privilegiada cuando está a punto de cumplir ya 60 años.
Ha sido un repaso en toda regla a su vida, y eso implica no solo rescatar temas de hace casi cuatro décadas sino, en una elipsis musical casi de cuento, cantar a dúo con su hija Alba -corista durante todo el concierto- nada menos que la nana festiva que le dedicó cuando aún estaba embarazada de ella, "Mi pequeño tesoro", uno de los temas más famosos del cancionero de Presuntos.
Sole Giménez -nacida en París, criada en Yecla (Murcia) y valenciana de adopción- ha cantado esta noche en castellano, en catalán y en francés, ha versionado un tema brasileño, ha compartido requiebros flamencos con Miguel Poveda y, sobre todo, no ha parado de agradecer -al público, a sus músicos, a su familia, a la vida- el lujo que supone haberse podido dedicar durante 40 años a su pasión, la música y sus infinitas posibilidades creativas e interpretativas.
Lo ha hecho acompañada por una gran banda, enfocada tanto a las necesidades pop-rock de la etapa de Presuntos y sus vertientes más jazz, swing y bossa nova, como a las sonoridades de la segunda etapa del concierto, con ritmos más pausados y clásicos pero también con ecos caribeños y latinoamericanos.
La primera parte del recital ha estado marcado por su etapa como vocalista, letrista y compositora en Presuntos Implicados, desde la inicial "Ícaro" hasta "Palabras de amor", pasando por "Me das el mar", "Recibes cartas", "Mil mariposas" y "En la oscuridad".
Pero también ha habido hueco, en esa primera hora, para estrenar "Celebremos" (un canto vitalista con aires tropicales), hacer suya las "Aguas de março" de Jobim y compartir con Antonio José "Te espero", un bolero que le compuso Armando Manzanero poco antes de morir por covid y que ambos han mezclado, también a modo de homenaje póstumo hacia el compositor mexicano, con "Esta tarde vi llover".
Tras la primera pausa -y cambio de vestuario, siempre de la diseñdora valenciana Isabel Sanchis-, Sole ha acometido "Un tren perdido" sola junto al pianista cubano Iván "Melón" Lewis; "Tus cartas son un vino" junto a Miguel Poveda para reivindicar la figura y el legado de Miguel Hernández, y "Un ramito de violetas", donde el espíritu de Cecilia se ha hecho bolero y el drama romántico ha mutado en sones caribeños con la trompeta de David Pastor.
Pero el clímax generacional del concierto ha llegado con la irrupción en el escenario de Joan Manuel Serrat, quien en diciembre se despidió de los escenarios tras una larga gira pero que este viernes ha sucumbido a la invitación de una rendida Sole Giménez, quien se ha deshecho en elogios hacia su maestro mientras el público le ovacionaba puesto en pie.
Ambos han compartido "Aquellas pequeñas cosas" que ya grabaron como dueto en uno de los diez discos en solitario que ya atesora la cantante, pero esta vez bailando agarrados. Y como no han tenido suficiente, han regalado a un público extasiado "Paraules d'amor", solos ante el piano y en un momento que Sole, después, ha calificado de "milagro".
Pero había tiempo para más: "Sentir su calor" y "Cómo hemos cambiado" han levantado de nuevo a un público enfervorizado que, por unos momentos, ha creído estar de nuevo en un concierto de Presuntos Implicados de los años 90.
La euforia colectiva ha vuelto a sosegarse con los bises: "Non, je ne regrette rien" (que ha hilado con la argentina "Honrar la vida") y "Alma de blues" tras recordar la historia de Billie Holiday, la musa que le inspiró a escribir esa épica jazz de Presuntos.
Pero la "¡Celebración!" (así se llama esta gira, que le llevará en los próximos meses por diversos puntos de España antes de llegar a Latinoamérica, como ha avanzado a EFE TV) no podía quedarse con ese ambiente y Sole ha tirado de garra para regalar todo un "medley" (con "Sed de amor", "Cada historia", "Llovió" y "La noche") antes de hacer temblar el suelo de Les Arts con "Todas las flores".
El fin de fiesta a sus cuatro décadas de vida musical llegó con un broche enérgico y luminoso, con la artista derrochando sonrisas y ganas de agradecer hasta el infinito la suerte que ha tenido con su carrera, con miles de conciertos a sus espaldas y un legado del que esta noche se ha sentido plenamente orgullosa.
Entre el público se encontraban el president de la Generalitat, Ximo Puig; la consellera de Justicia, Gabriela Bravo; la vicealcaldesa de València, Sandra Gómez, y el escritor Fernando Delgado. EFE
cbr
Ante un entregado público que había agotado hace días las entradas en el Palau de les Arts de València, la cantante, compositora, letrista y jurado televisiva ha desplegado este viernes un orgulloso ramillete de canciones en el que ha sabido reivindicar su pasado más pop, funky y desenfadado junto a su presente más femenino, ya en solitario y donde el bolero, la salsa y los ritmos caribeños maridan con su voz, privilegiada cuando está a punto de cumplir ya 60 años.
Ha sido un repaso en toda regla a su vida, y eso implica no solo rescatar temas de hace casi cuatro décadas sino, en una elipsis musical casi de cuento, cantar a dúo con su hija Alba -corista durante todo el concierto- nada menos que la nana festiva que le dedicó cuando aún estaba embarazada de ella, "Mi pequeño tesoro", uno de los temas más famosos del cancionero de Presuntos.
Sole Giménez -nacida en París, criada en Yecla (Murcia) y valenciana de adopción- ha cantado esta noche en castellano, en catalán y en francés, ha versionado un tema brasileño, ha compartido requiebros flamencos con Miguel Poveda y, sobre todo, no ha parado de agradecer -al público, a sus músicos, a su familia, a la vida- el lujo que supone haberse podido dedicar durante 40 años a su pasión, la música y sus infinitas posibilidades creativas e interpretativas.
Lo ha hecho acompañada por una gran banda, enfocada tanto a las necesidades pop-rock de la etapa de Presuntos y sus vertientes más jazz, swing y bossa nova, como a las sonoridades de la segunda etapa del concierto, con ritmos más pausados y clásicos pero también con ecos caribeños y latinoamericanos.
La primera parte del recital ha estado marcado por su etapa como vocalista, letrista y compositora en Presuntos Implicados, desde la inicial "Ícaro" hasta "Palabras de amor", pasando por "Me das el mar", "Recibes cartas", "Mil mariposas" y "En la oscuridad".
Pero también ha habido hueco, en esa primera hora, para estrenar "Celebremos" (un canto vitalista con aires tropicales), hacer suya las "Aguas de março" de Jobim y compartir con Antonio José "Te espero", un bolero que le compuso Armando Manzanero poco antes de morir por covid y que ambos han mezclado, también a modo de homenaje póstumo hacia el compositor mexicano, con "Esta tarde vi llover".
Tras la primera pausa -y cambio de vestuario, siempre de la diseñdora valenciana Isabel Sanchis-, Sole ha acometido "Un tren perdido" sola junto al pianista cubano Iván "Melón" Lewis; "Tus cartas son un vino" junto a Miguel Poveda para reivindicar la figura y el legado de Miguel Hernández, y "Un ramito de violetas", donde el espíritu de Cecilia se ha hecho bolero y el drama romántico ha mutado en sones caribeños con la trompeta de David Pastor.
Pero el clímax generacional del concierto ha llegado con la irrupción en el escenario de Joan Manuel Serrat, quien en diciembre se despidió de los escenarios tras una larga gira pero que este viernes ha sucumbido a la invitación de una rendida Sole Giménez, quien se ha deshecho en elogios hacia su maestro mientras el público le ovacionaba puesto en pie.
Ambos han compartido "Aquellas pequeñas cosas" que ya grabaron como dueto en uno de los diez discos en solitario que ya atesora la cantante, pero esta vez bailando agarrados. Y como no han tenido suficiente, han regalado a un público extasiado "Paraules d'amor", solos ante el piano y en un momento que Sole, después, ha calificado de "milagro".
Pero había tiempo para más: "Sentir su calor" y "Cómo hemos cambiado" han levantado de nuevo a un público enfervorizado que, por unos momentos, ha creído estar de nuevo en un concierto de Presuntos Implicados de los años 90.
La euforia colectiva ha vuelto a sosegarse con los bises: "Non, je ne regrette rien" (que ha hilado con la argentina "Honrar la vida") y "Alma de blues" tras recordar la historia de Billie Holiday, la musa que le inspiró a escribir esa épica jazz de Presuntos.
Pero la "¡Celebración!" (así se llama esta gira, que le llevará en los próximos meses por diversos puntos de España antes de llegar a Latinoamérica, como ha avanzado a EFE TV) no podía quedarse con ese ambiente y Sole ha tirado de garra para regalar todo un "medley" (con "Sed de amor", "Cada historia", "Llovió" y "La noche") antes de hacer temblar el suelo de Les Arts con "Todas las flores".
El fin de fiesta a sus cuatro décadas de vida musical llegó con un broche enérgico y luminoso, con la artista derrochando sonrisas y ganas de agradecer hasta el infinito la suerte que ha tenido con su carrera, con miles de conciertos a sus espaldas y un legado del que esta noche se ha sentido plenamente orgullosa.
Entre el público se encontraban el president de la Generalitat, Ximo Puig; la consellera de Justicia, Gabriela Bravo; la vicealcaldesa de València, Sandra Gómez, y el escritor Fernando Delgado. EFE
cbr
KINGS OF CONVENIENCE: HAY UN PARAÍSO POP (NORUEGO) LEJOS DEL MUNDANAL RUIDO
Carlos Bazarra
Valencia, 8 dic (EFE).- Hace medio siglo, Paul Simon y Art Garfunkel no podían seguramente ni imaginar que sus alumnos más aventajados serían dos chicos noruegos que proclamarían a los cuatro vientos las bondades de cantar, añorar y amar en un paraíso folk-pop con olor a madera y a libros, a melancolía y a buena vida.
Kings of Convenience han triunfado esta noche en Valencia con el segundo de los conciertos en España de su gira europea acústica basada en el primer disco de su carrera, "Quiet is the new loud" (2001), ante un público extasiado con el ritmo sosegado, el rasgueo sutil de guitarras y la sensación de estar lejos del mundanal ruido.
Catorce años después de su debut, Erlend Oye y Eirik Glambek Boe han decidido recuperar la docena de canciones que les abrió las puertas del entonces "indie" más pausado y placentero, ese que se bautizó como "New acoustic movement" y donde estaban desde los británicos I am Kloot hasta el sueco José González.
El de esta gira es un novedoso formato, al incluir una entrevista sobre el escenario a cargo de un periodista de cada ciudad, que hoy ha correspondido al crítico musical Rafa Cervera en un Espai Rambleta con las entradas agotadas desde hace semanas, al igual que ayer en la sala Apolo de Barcelona y las dos noches que tienen por delante en el Teatro Lara de Madrid.
Y es que la gran expectación que despierta esta gira se basa, al menos en España, en lo poco que han actuado por este país durante su carrera, de apenas tres discos cuyos seguidores se saben de memoria mientras esperan nuevo trabajo como agua de mayo, o más bien de marzo, dada la querencia del dúo sueco por la mejor bossa nova, amén del folk, el pop y el jazz que tan bien mezclaban Simon&Garfunkel.
En el concierto de esta noche -dividido en las caras A y B del álbum, como homenaje al mundo del vinilo- ambos han dejado claro que no tenían especialmente al dúo estadounidense como una de sus influencias más claras; de hecho, Erlend ha confesado que ninguno de los discos en estudio grabados por aquellos le gusta de principio a fin.
Sin embargo, al escucharles es inevitable la comparación -aunque en el caso noruego ambos son guitarristas- y los susurros, la dejadez melancólica de sus historias y su apariencia de chicos educados y presentables retrotrae desde hace casi quince años a los autores de "Mrs. Robinson" o "The boxer".
Al recuperar "Quiet is the new loud", Kings of Convenience han querido también promocionar el libro que un escritor noruego ha editado sobre su obra, en el que se desgrana tanto su gestación -lo grabaron en dos semanas- como el significado de su portada -un homenaje a un pintor escandinavo- y los entresijos del dúo en sus inicios.
Desde entonces, ambos han madurado y destilan un constante sentido del humor al echar la vista atrás y ver cómo han evolucionado sus carreras, especialmente la de Erlend Oye, inquieto con su querencia a la electrónica -con su banda paralela The Whitest boy alive- y la música de baile aunque también, como en su reciente "Legao", hacia los ritmos brasileños y el pop más cristalino.
Tras acometer con cariño once de los doce cortes de su debut, con Erlend como maestro de ceremonias a lo Mary Poppins haciendo chasquear los dedos para poner, o no, orden en la sala, han regalado como bises tres temas de "Riot on an empty street" (2004), "Homesick", "Know how" y "Misread", este último con toda la sala puesta en pie y protagonizando el momento más movido de la noche.
Con Nick Drake, la lluvia de un domingo por la tarde y los acordes melancólicos de Bacharach y Mancini como eternos lugares comunes de su música, el dúo ha regalado su cara más encantadora para, como la espartana ambientación del escenario, mutar del rojo intenso de un club nocturno a la palidez de un inminente amanecer. EFE
Valencia, 8 dic (EFE).- Hace medio siglo, Paul Simon y Art Garfunkel no podían seguramente ni imaginar que sus alumnos más aventajados serían dos chicos noruegos que proclamarían a los cuatro vientos las bondades de cantar, añorar y amar en un paraíso folk-pop con olor a madera y a libros, a melancolía y a buena vida.
Kings of Convenience han triunfado esta noche en Valencia con el segundo de los conciertos en España de su gira europea acústica basada en el primer disco de su carrera, "Quiet is the new loud" (2001), ante un público extasiado con el ritmo sosegado, el rasgueo sutil de guitarras y la sensación de estar lejos del mundanal ruido.
Catorce años después de su debut, Erlend Oye y Eirik Glambek Boe han decidido recuperar la docena de canciones que les abrió las puertas del entonces "indie" más pausado y placentero, ese que se bautizó como "New acoustic movement" y donde estaban desde los británicos I am Kloot hasta el sueco José González.
El de esta gira es un novedoso formato, al incluir una entrevista sobre el escenario a cargo de un periodista de cada ciudad, que hoy ha correspondido al crítico musical Rafa Cervera en un Espai Rambleta con las entradas agotadas desde hace semanas, al igual que ayer en la sala Apolo de Barcelona y las dos noches que tienen por delante en el Teatro Lara de Madrid.
Y es que la gran expectación que despierta esta gira se basa, al menos en España, en lo poco que han actuado por este país durante su carrera, de apenas tres discos cuyos seguidores se saben de memoria mientras esperan nuevo trabajo como agua de mayo, o más bien de marzo, dada la querencia del dúo sueco por la mejor bossa nova, amén del folk, el pop y el jazz que tan bien mezclaban Simon&Garfunkel.
En el concierto de esta noche -dividido en las caras A y B del álbum, como homenaje al mundo del vinilo- ambos han dejado claro que no tenían especialmente al dúo estadounidense como una de sus influencias más claras; de hecho, Erlend ha confesado que ninguno de los discos en estudio grabados por aquellos le gusta de principio a fin.
Sin embargo, al escucharles es inevitable la comparación -aunque en el caso noruego ambos son guitarristas- y los susurros, la dejadez melancólica de sus historias y su apariencia de chicos educados y presentables retrotrae desde hace casi quince años a los autores de "Mrs. Robinson" o "The boxer".
Al recuperar "Quiet is the new loud", Kings of Convenience han querido también promocionar el libro que un escritor noruego ha editado sobre su obra, en el que se desgrana tanto su gestación -lo grabaron en dos semanas- como el significado de su portada -un homenaje a un pintor escandinavo- y los entresijos del dúo en sus inicios.
Desde entonces, ambos han madurado y destilan un constante sentido del humor al echar la vista atrás y ver cómo han evolucionado sus carreras, especialmente la de Erlend Oye, inquieto con su querencia a la electrónica -con su banda paralela The Whitest boy alive- y la música de baile aunque también, como en su reciente "Legao", hacia los ritmos brasileños y el pop más cristalino.
Tras acometer con cariño once de los doce cortes de su debut, con Erlend como maestro de ceremonias a lo Mary Poppins haciendo chasquear los dedos para poner, o no, orden en la sala, han regalado como bises tres temas de "Riot on an empty street" (2004), "Homesick", "Know how" y "Misread", este último con toda la sala puesta en pie y protagonizando el momento más movido de la noche.
Con Nick Drake, la lluvia de un domingo por la tarde y los acordes melancólicos de Bacharach y Mancini como eternos lugares comunes de su música, el dúo ha regalado su cara más encantadora para, como la espartana ambientación del escenario, mutar del rojo intenso de un club nocturno a la palidez de un inminente amanecer. EFE
cbr
FRANZ FERDINAND: QUÉ PROFESIONALES
Carlos Bazarra
Benicàssim (Castellón), 19 jul (EFE).- "Qué profesionales", decía Manuel Manquiña en la película "Airbag", en su peculiar castellano galaico, al referirse a los crápulas protagonistas. El cuarteto escocés Franz Ferdinand ha demostrado de nuevo esta noche en el FIB Heineken que es una de las mejores bandas actuales en directo.
Durante una hora y media de apabullante concierto, la banda liderada por Alex Kapranos, que visitaba el Festival Internacional de Benicàssim por tercera vez tras sus visitas en 2004, siendo aún debutantes, y en 2006, ya consolidados, ha ofrecido el concierto que esta cita necesitaba para ser recordada. Lo malo -o bueno, según se mire- es que sus dos visitas previas ya fueron antológicas.
A lo largo de diecisiete temas, a Franz Ferdinand le ha dado tiempo para presentar su nuevo disco, "Tonight", pero también para saborear la gloria con sus grandes éxitos de su primer álbum homónimo y del posterior "You could have it so much better". Son únicos, cada vez más, para desatar la histeria punk-rock en la gran pista de baile del FIB.
Con una profesionalidad sonora que ha deleitado a los miles de "fibers" que han abarrotado el foso del Escenario Verde, el cuarteto ha repasado desde sus clásicos "This fire", "Michael", "Do you want to" -que posiblemente ha provocado el primer gran baile colectivo del FIB 2009-, "Walk away", "Dark of the matinee", "Auf achse" o "The fallen", hasta piezas nuevas de su último disco, como "No you girls", "Ulysses" o "Turn it on".
Pero uno de los momentos que más se recordarán en el FIB Heineken será el de Alex Kapranos dedicando en castellano, nada más y nada menos, el "Take me out" que en 2004 les hizo debutar con letras de oro en el punk-pop alternativo pero ya globalizado: "Esta canción es para todos los que no son turistas ingleses". Y claro, locura colectiva del respetable; en minoría, pero respetable.
Han hecho bailar, han entusiasmado, han regalado un efectista montaje de luces y sonido y han dominado las emociones del público con ilusión y ganas de triunfar a lo grande.
Algo así sucede pocas veces y Franz Ferdinand lo ha conseguido esta noche con creces, finalizando con un prolongado éxtasis de electropop que ha hecho recordar a las mejores sesiones de, por ejemplo, Chemical Brothers. Hasta ese punto han evolucionado en apenas cinco años.
Antes de ellos, la tercera jornada del FIB Heineken ha vivido buenos momentos musicales, como los regalados por los veteranos Television Personalities, sentando cátedra del mejor dandy-rock, o la debutante Lourdes Hernández al frente de Russian Red, la revelación folk del año pasado en España que con su banda ha defendido con alegría y nobleza su primer álbum, "I love your glasses", ante un buen número de "fibers", incluidos extranjeros.
Como si fuera la Princesa Leia del particular Halcón Milenario de "La guerra de las galaxias" en que se ha convertido este año el escenario Fiberfib, Lourdes Hernández ha derrochado clase, voz y temperamento.
También han destacado los británicos Mäximo Park y Elbow en el Escenario Verde, con un público mayoritariamente anglosajón que se ha deleitado con su oferta pop-rock de nivel, sobre todo en el caso de los segundos.
El recinto de conciertos presenta un aspecto peculiar tras el inesperado vendaval del pasado viernes, con escenarios casi desnudos de lonas y grandes pantallas pero preparados para las dos jornadas que faltan para que el FIB Heineken 2009 entre en la historia como el más multitudinario de los quince celebrados hasta ahora.
Con un clima mucho más placentero que el de la jornada precedente, sin viento y con un calor soportable, el festival vive horas de fiesta y celebración musical, con miles de "fibers" disfrutando de las actividades paralelas -moda, solidaridad, mercadillo o concursos de guitarras virtuales- aunque aún con el recuerdo de los sustos vividos apenas veinticuatro horas antes.
Y es que varios jóvenes vestían anoche camisetas con el lema "Superviviente del huracán FIB. Benicaos 2009". Les ha faltado tiempo para marcar territorio; el vendaval ha pasado pero para muchos quedará como una de las noches más intensas de su vida.
Para la madrugada "techno", los franco-belgas 2 Many DJ's han recuperado los ritmos de Chimo Bayo para convertir a Benicàssim en una renovada parada de la "ruta del bakalao". EFE
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Durante una hora y media de apabullante concierto, la banda liderada por Alex Kapranos, que visitaba el Festival Internacional de Benicàssim por tercera vez tras sus visitas en 2004, siendo aún debutantes, y en 2006, ya consolidados, ha ofrecido el concierto que esta cita necesitaba para ser recordada. Lo malo -o bueno, según se mire- es que sus dos visitas previas ya fueron antológicas.
A lo largo de diecisiete temas, a Franz Ferdinand le ha dado tiempo para presentar su nuevo disco, "Tonight", pero también para saborear la gloria con sus grandes éxitos de su primer álbum homónimo y del posterior "You could have it so much better". Son únicos, cada vez más, para desatar la histeria punk-rock en la gran pista de baile del FIB.
Con una profesionalidad sonora que ha deleitado a los miles de "fibers" que han abarrotado el foso del Escenario Verde, el cuarteto ha repasado desde sus clásicos "This fire", "Michael", "Do you want to" -que posiblemente ha provocado el primer gran baile colectivo del FIB 2009-, "Walk away", "Dark of the matinee", "Auf achse" o "The fallen", hasta piezas nuevas de su último disco, como "No you girls", "Ulysses" o "Turn it on".
Pero uno de los momentos que más se recordarán en el FIB Heineken será el de Alex Kapranos dedicando en castellano, nada más y nada menos, el "Take me out" que en 2004 les hizo debutar con letras de oro en el punk-pop alternativo pero ya globalizado: "Esta canción es para todos los que no son turistas ingleses". Y claro, locura colectiva del respetable; en minoría, pero respetable.
Han hecho bailar, han entusiasmado, han regalado un efectista montaje de luces y sonido y han dominado las emociones del público con ilusión y ganas de triunfar a lo grande.
Algo así sucede pocas veces y Franz Ferdinand lo ha conseguido esta noche con creces, finalizando con un prolongado éxtasis de electropop que ha hecho recordar a las mejores sesiones de, por ejemplo, Chemical Brothers. Hasta ese punto han evolucionado en apenas cinco años.
Antes de ellos, la tercera jornada del FIB Heineken ha vivido buenos momentos musicales, como los regalados por los veteranos Television Personalities, sentando cátedra del mejor dandy-rock, o la debutante Lourdes Hernández al frente de Russian Red, la revelación folk del año pasado en España que con su banda ha defendido con alegría y nobleza su primer álbum, "I love your glasses", ante un buen número de "fibers", incluidos extranjeros.
Como si fuera la Princesa Leia del particular Halcón Milenario de "La guerra de las galaxias" en que se ha convertido este año el escenario Fiberfib, Lourdes Hernández ha derrochado clase, voz y temperamento.
También han destacado los británicos Mäximo Park y Elbow en el Escenario Verde, con un público mayoritariamente anglosajón que se ha deleitado con su oferta pop-rock de nivel, sobre todo en el caso de los segundos.
El recinto de conciertos presenta un aspecto peculiar tras el inesperado vendaval del pasado viernes, con escenarios casi desnudos de lonas y grandes pantallas pero preparados para las dos jornadas que faltan para que el FIB Heineken 2009 entre en la historia como el más multitudinario de los quince celebrados hasta ahora.
Con un clima mucho más placentero que el de la jornada precedente, sin viento y con un calor soportable, el festival vive horas de fiesta y celebración musical, con miles de "fibers" disfrutando de las actividades paralelas -moda, solidaridad, mercadillo o concursos de guitarras virtuales- aunque aún con el recuerdo de los sustos vividos apenas veinticuatro horas antes.
Y es que varios jóvenes vestían anoche camisetas con el lema "Superviviente del huracán FIB. Benicaos 2009". Les ha faltado tiempo para marcar territorio; el vendaval ha pasado pero para muchos quedará como una de las noches más intensas de su vida.
Para la madrugada "techno", los franco-belgas 2 Many DJ's han recuperado los ritmos de Chimo Bayo para convertir a Benicàssim en una renovada parada de la "ruta del bakalao". EFE
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LEONARD COHEN: ALELUYA, SIGUE SIENDO NUESTRO HOMBRE
Carlos Bazarra
Benicàssim (Castellón), 20 jul (EFE).- Leonard Cohen ha tirado esta tarde por tierra el tradicional concepto del festival de verano para convertir el de Benicàssim en un gran teatro al aire libre, donde su enorme talento, su glorioso pasado y su aún atractivo presente ha conquistado a un público entregado con respeto a su arte tranquilo, quizá el menos acostumbrado a escucharse por estos lares.
A las ocho de la tarde y en el escenario principal del Festival Internacional de Benicàssim, el artista canadiense ha salido junto a una banda de seis músicos y tres coristas que le han acompañado a la perfección durante un recital de una hora y diez canciones, todas ellas entre las más conocidas piezas de este poeta y compositor.
Así, el vals de "Dance me to the end of love" ha marcado el inicio de un recital que a muchos se antojaba complicado para un entorno como el FIB Heineken, pese a que en las últimas ediciones se ha ido abriendo al homenaje a los "padres" y "abuelos" de la música contemporánea para que los jóvenes "fibers" puedan descubrirlos y los adultos pasen también por la taquilla de un certamen-negocio destinado fundamentalmente al ocio veraniego.
Vestido con sombrero negro, el mismo color que el chaleco y el pantalón, y con una camisa gris que se ha arremangado -inevitablemente, ante el bochorno de hoy-, Leonard Cohen ha regresado a un escenario español tras 15 años de ausencia, cuando en mayo de 1993 visitó Madrid y Barcelona para presentar "The future", cuyo tema titular también ha sonado hoy con la misma ironía con que fue escrito en su última obra maestra antes de su retiro zen, su ruina económica y su discreto regreso a la industria discográfica.
Permanentemente agradecido al público, ante quien se ha quitado el sombrero cada vez que recibía una de las constantes ovaciones que le han brindado, y a los miembros de su también elegante banda, el hoy sonriente trovador de las miserias humanas ha vuelto a prestar su voz quebrada para recitar "Bird on a wire", "Everybody knows", "Who by fire", "Suzanne" -40 años después, la ejecuta con su guitarra-, "Hallelujah", "I'm your man" y "First we take Manhattan".
Con "Hallelujah" se ha vivido posiblemente el primer gran rezo colectivo del festival en sus catorce años de historia, con brazos al cielo durante el estribillo, niños pequeños a hombros de sus emocionados padres y alguna lágrima entre varias "fibers" que descubrían hoy a este "señor tan guapo y elegante".
"I'm your man", ese larguísimo ruego para ser correspondido por la amada que 22 años después sigue sonando tan actual como entonces, ha traído paz a un festival acostumbrado al derroche sonoro y al culto al decibelio, aunque ha generado también bastantes reproches del público "mayor" hacia los jóvenes que pasaban por allí vociferando.
"Qué falta de respeto", comentaba indignado un hombre que superaba los 50 antes de pedir silencio a un grupo de ingleses, cerveza en mano y con pocas ganas de tranquilidad.
Pero Leonard Cohen, de esas cosas, no se ha enterado porque la respuesta entregada de un público que no ha llegado a llenar el recinto del Escenario Verde le ha emocionado en varias ocasiones y tras la última canción del concierto, la también histórica "So long, Marianne", se ha retirado a su camerino dando pequeños saltos mientras una larga ovación resonaba a sus espaldas.
El crepúsculo de la sierra costera de Benicàssim ha despedido al artista canadiense mientras los espectadores más veteranos, novatos en esto del FIB, comenzaban a preguntar: "Y por aquí, ¿dónde se cena?". EFE
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Benicàssim (Castellón), 20 jul (EFE).- Leonard Cohen ha tirado esta tarde por tierra el tradicional concepto del festival de verano para convertir el de Benicàssim en un gran teatro al aire libre, donde su enorme talento, su glorioso pasado y su aún atractivo presente ha conquistado a un público entregado con respeto a su arte tranquilo, quizá el menos acostumbrado a escucharse por estos lares.
A las ocho de la tarde y en el escenario principal del Festival Internacional de Benicàssim, el artista canadiense ha salido junto a una banda de seis músicos y tres coristas que le han acompañado a la perfección durante un recital de una hora y diez canciones, todas ellas entre las más conocidas piezas de este poeta y compositor.
Así, el vals de "Dance me to the end of love" ha marcado el inicio de un recital que a muchos se antojaba complicado para un entorno como el FIB Heineken, pese a que en las últimas ediciones se ha ido abriendo al homenaje a los "padres" y "abuelos" de la música contemporánea para que los jóvenes "fibers" puedan descubrirlos y los adultos pasen también por la taquilla de un certamen-negocio destinado fundamentalmente al ocio veraniego.
Vestido con sombrero negro, el mismo color que el chaleco y el pantalón, y con una camisa gris que se ha arremangado -inevitablemente, ante el bochorno de hoy-, Leonard Cohen ha regresado a un escenario español tras 15 años de ausencia, cuando en mayo de 1993 visitó Madrid y Barcelona para presentar "The future", cuyo tema titular también ha sonado hoy con la misma ironía con que fue escrito en su última obra maestra antes de su retiro zen, su ruina económica y su discreto regreso a la industria discográfica.
Permanentemente agradecido al público, ante quien se ha quitado el sombrero cada vez que recibía una de las constantes ovaciones que le han brindado, y a los miembros de su también elegante banda, el hoy sonriente trovador de las miserias humanas ha vuelto a prestar su voz quebrada para recitar "Bird on a wire", "Everybody knows", "Who by fire", "Suzanne" -40 años después, la ejecuta con su guitarra-, "Hallelujah", "I'm your man" y "First we take Manhattan".
Con "Hallelujah" se ha vivido posiblemente el primer gran rezo colectivo del festival en sus catorce años de historia, con brazos al cielo durante el estribillo, niños pequeños a hombros de sus emocionados padres y alguna lágrima entre varias "fibers" que descubrían hoy a este "señor tan guapo y elegante".
"I'm your man", ese larguísimo ruego para ser correspondido por la amada que 22 años después sigue sonando tan actual como entonces, ha traído paz a un festival acostumbrado al derroche sonoro y al culto al decibelio, aunque ha generado también bastantes reproches del público "mayor" hacia los jóvenes que pasaban por allí vociferando.
"Qué falta de respeto", comentaba indignado un hombre que superaba los 50 antes de pedir silencio a un grupo de ingleses, cerveza en mano y con pocas ganas de tranquilidad.
Pero Leonard Cohen, de esas cosas, no se ha enterado porque la respuesta entregada de un público que no ha llegado a llenar el recinto del Escenario Verde le ha emocionado en varias ocasiones y tras la última canción del concierto, la también histórica "So long, Marianne", se ha retirado a su camerino dando pequeños saltos mientras una larga ovación resonaba a sus espaldas.
El crepúsculo de la sierra costera de Benicàssim ha despedido al artista canadiense mientras los espectadores más veteranos, novatos en esto del FIB, comenzaban a preguntar: "Y por aquí, ¿dónde se cena?". EFE
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LLOYD COLE: LA SOSEGADA Y MADURA REVOLUCIÓN ACÚSTICA DE UN JUGLAR (Y SU HIJO)
Carlos Bazarra
Valencia, 25 sep (EFE).- Hace 33 años, Lloyd Cole quería comerse el mundo y ser una estrella del pop junto a sus Commotions, el grupo con el que tocó el cielo y que después desintegró para intentar ser un moderno Lou Reed, primero, y una simbiosis de Dylan y Cohen después, ya como un juglar acústico al que ahora acompaña su hijo.
Cole ha iniciado en Valencia una gira por España en la que repasa catorce años de su carrera, desde la génesis con The Commotions en 1983 hasta su etapa neoyorquina en solitario (1996), con lo que el éxito lo tiene asegurado pues la nostalgia por los años 80 sigue cotizando alto y hay un cariño especial por esa etapa en general y por grupos y artistas de culto en particular.
A sus 55 años, Cole luce su madurez con sosegado orgullo, mucho sarcasmo ("me siento prehistórico", dice) y asumiendo que la gloria que alcanzó hace tres décadas nunca volverá como tal (no al menos en radiofórmulas ni en programas de televisión con público discotequero), por lo que asume un "carpe diem" artístico y reivindica con enorme profesionalidad su legado y carisma, ese que ha influido a artistas como Mikel Erentxun, Ivy o Camera Obscura.
Y en esta gira, especialmente agradecida para su público más "remember" (como se conoce en Valencia a la música que más se escuchaba en sus discotecas y clubes de los 80 y los 90), destaca a su lado durante la segunda mitad del concierto un chico estirado, con flequillo largo y la misma cara hirsuta que lleva poniendo su padre en las fotos promocionales desde 1983.
A punto de cumplir 23 años y veintiuno después de aparecer junto a su aparentemente atormentado progenitor en la portada del single "Baby" (de su disco "Love story"), aquel "Lloyd Puckitt" se ha convertido en William Cole, un solvente guitarrista que ahora graba discos con su padre y le acompaña en giras mundiales como esta, en la que se bucea por catorce años del mejor pop-rock anglosajón.
El período 1983-1996, que abarca desde el arrollador debut con "Rattlesnakes" hasta su asentada carrera en solitario, ya en EEUU, es la excusa perfecta que ha encontrado el cantautor -aparentemente cada vez más Johhny Cash- para repasar su cancionero más conocido y rescatar algunas joyas menos recordadas.
Además, su antigua compañía de discos editará en breve una caja recopilatoria con los CD en solitario de la etapa en Nueva York, desde su debut en 1989 hasta "Love Story" (1995), incluyendo un disco entero "perdido" (o según cuenta él en su biografía, desechado por un responsable de su entonces multinacional) de 1997 junto a rarezas, remezclas y material inédito.
Esta noche, en un abarrotado Loco Club, Cole ha vuelto a marcar con maestría su territorio en el mejor pop-folk acústico, ese subgénero que lleva ya catorce años explorando y que coincide con su etapa más intimista, más independiente (fue de los primeros en recurrir al micromecenazgo para editar sus discos) y más alejada de los éxitos comerciales, cada vez más entre los artistas "de culto".
Han sonado casi todo "Rattlesnakes" ("Perfect skin", "Patience", "Are you ready to be heartbroken?", el tema titular, "Charlotte Street" o un "Forest fire" de ensueño para cerrar el concierto) y muchas joyas de "Easy pieces" y "Mainstream", los dos discos que completan la etapa Commotions.
El público ha celebrado especialmente "My bag" (con aires del Oeste) y "Jennifer she said" (con la sala entera tarareando su epílogo como si no hubiera un mañana), así como "Lost weekend" y "Brand new friend" (con un guiño póstumo al Bowie de "Sorrow").
De su capítulo en solitario ha rescatado, solo o en compañía de su hijo, desde "No blue skies" hasta "No more love songs", pasando por "Love ruins everything", "Pay for it", "So you'd like to save the world" y "Loke lovers do".
La gira española de este enamorado del fútbol inglés y del golf, quien trabaja ya en su próximo disco, previsto para 2017, recalará el próximo miércoles en Madrid (Teatro Barceló), el jueves en Vigo (Auditorio Municipal), el viernes en Santander (Escenario Santander) y el sábado en San Sebastián (Gazteszena).EFE
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Valencia, 25 sep (EFE).- Hace 33 años, Lloyd Cole quería comerse el mundo y ser una estrella del pop junto a sus Commotions, el grupo con el que tocó el cielo y que después desintegró para intentar ser un moderno Lou Reed, primero, y una simbiosis de Dylan y Cohen después, ya como un juglar acústico al que ahora acompaña su hijo.
Cole ha iniciado en Valencia una gira por España en la que repasa catorce años de su carrera, desde la génesis con The Commotions en 1983 hasta su etapa neoyorquina en solitario (1996), con lo que el éxito lo tiene asegurado pues la nostalgia por los años 80 sigue cotizando alto y hay un cariño especial por esa etapa en general y por grupos y artistas de culto en particular.
A sus 55 años, Cole luce su madurez con sosegado orgullo, mucho sarcasmo ("me siento prehistórico", dice) y asumiendo que la gloria que alcanzó hace tres décadas nunca volverá como tal (no al menos en radiofórmulas ni en programas de televisión con público discotequero), por lo que asume un "carpe diem" artístico y reivindica con enorme profesionalidad su legado y carisma, ese que ha influido a artistas como Mikel Erentxun, Ivy o Camera Obscura.
Y en esta gira, especialmente agradecida para su público más "remember" (como se conoce en Valencia a la música que más se escuchaba en sus discotecas y clubes de los 80 y los 90), destaca a su lado durante la segunda mitad del concierto un chico estirado, con flequillo largo y la misma cara hirsuta que lleva poniendo su padre en las fotos promocionales desde 1983.
A punto de cumplir 23 años y veintiuno después de aparecer junto a su aparentemente atormentado progenitor en la portada del single "Baby" (de su disco "Love story"), aquel "Lloyd Puckitt" se ha convertido en William Cole, un solvente guitarrista que ahora graba discos con su padre y le acompaña en giras mundiales como esta, en la que se bucea por catorce años del mejor pop-rock anglosajón.
El período 1983-1996, que abarca desde el arrollador debut con "Rattlesnakes" hasta su asentada carrera en solitario, ya en EEUU, es la excusa perfecta que ha encontrado el cantautor -aparentemente cada vez más Johhny Cash- para repasar su cancionero más conocido y rescatar algunas joyas menos recordadas.
Además, su antigua compañía de discos editará en breve una caja recopilatoria con los CD en solitario de la etapa en Nueva York, desde su debut en 1989 hasta "Love Story" (1995), incluyendo un disco entero "perdido" (o según cuenta él en su biografía, desechado por un responsable de su entonces multinacional) de 1997 junto a rarezas, remezclas y material inédito.
Esta noche, en un abarrotado Loco Club, Cole ha vuelto a marcar con maestría su territorio en el mejor pop-folk acústico, ese subgénero que lleva ya catorce años explorando y que coincide con su etapa más intimista, más independiente (fue de los primeros en recurrir al micromecenazgo para editar sus discos) y más alejada de los éxitos comerciales, cada vez más entre los artistas "de culto".
Han sonado casi todo "Rattlesnakes" ("Perfect skin", "Patience", "Are you ready to be heartbroken?", el tema titular, "Charlotte Street" o un "Forest fire" de ensueño para cerrar el concierto) y muchas joyas de "Easy pieces" y "Mainstream", los dos discos que completan la etapa Commotions.
El público ha celebrado especialmente "My bag" (con aires del Oeste) y "Jennifer she said" (con la sala entera tarareando su epílogo como si no hubiera un mañana), así como "Lost weekend" y "Brand new friend" (con un guiño póstumo al Bowie de "Sorrow").
De su capítulo en solitario ha rescatado, solo o en compañía de su hijo, desde "No blue skies" hasta "No more love songs", pasando por "Love ruins everything", "Pay for it", "So you'd like to save the world" y "Loke lovers do".
La gira española de este enamorado del fútbol inglés y del golf, quien trabaja ya en su próximo disco, previsto para 2017, recalará el próximo miércoles en Madrid (Teatro Barceló), el jueves en Vigo (Auditorio Municipal), el viernes en Santander (Escenario Santander) y el sábado en San Sebastián (Gazteszena).EFE
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SERRAT INVITA A ROZALÉN A SU PLÉTORICA Y CATEDRÁTICA DESPEDIDA FESTIVA
Carlos Bazarra
València, 1 jul (EFE).- Con la experiencia como orgullo, la cultura como hedonismo y el saber como premio, Joan Manuel Serrat ha ofrecido esta noche la primera parte de su última clase magistral en València sobre los escenarios, pletórico en su oficio, pleno en su repertorio y con Rozalén como invitada por sorpresa para su fiesta.
En una plaza de toros con todas las entradas agotadas desde diciembre -este viernes será el segundo concierto valenciano de su larga gira de despedida, también con todo vendido-, con un público totalmente entregado, una temperatura veraniega y un ambiente propicio para la complicidad musical y vital, Serrat llegó, bromeó, reflexionó y sobre todo cantó historias durante 135 minutos.
A sus 78 años, el artista catalán ha hecho un repaso a través de veinticuatro canciones de su inmenso y reverenciado repertorio (44 discos y más de 600 temas a lo largo de 57 años sobre las tablas) pero dejando claro que esta gira tiene prohibida la nostalgia, y de hecho muchos de sus grandes clásicos han sonado más actualizados y con más potencia de lo habitual, apoyados en una gran banda.
En la arena valenciana, el autor de "Mediterráneo" ha jugado en casa, hablando en todo momento en catalán, con socarronería y complicidad en sus intervenciones, moviéndose por el escenario sin prisa pero sin pausa, echando mano de la guitarra en siete canciones y dejando en el ambiente un comentario que se ha repetido por doquier entre el respetable: "¡Quién llegara así a su edad...!".
Entre el público se encontraba una espectadora que ha sido muy aplaudida a su llegada, la exvicepresidenta del Consell Mónica Oltra, quien horas antes no pudo evitar llorar al traspasar su cartera a su sucesora, Aitana Mas.
Sobre un escenario austero (de grandes cortinas rojas y enorme pantalla), este compositor, poeta y cantante, trovador y juglar de Machado, Lorca, Benedetti, Neruda y Alberti, ha recuperado para esta despedida numerosas canciones en catalán de sus inicios, desde "El meu carrer" a "Temps era temps", pasando por "Seria fantàstic", "Me'n vaig a peu", "Cançó de Bressol", "Pare" y "Cançó de matinada".
Y las ha alternado con "Romance de Curro 'el Palmo'", "Señora", "Lucía", "Algo personal", "Nanas de la cebolla" (con homenaje a Alberto Cortez por haberle regalado la adaptación musical del poema de Miguel Hernández, que ha cantado con escenografía carcelaria), "Para la libertad" (con grafitis de Banksy) y "Los recuerdos".
A mitad del recital, una invitada por sorpresa: la cantautora albaceteña Rozalén, que ya grabó con él un tema en 2019 ("A la orilla de la chimenea") y que esta noche se la veía emocionada por formar dueto con su maestro; ambos han ejecutado "Es caprichoso el azar" y después ella sola ha interpretado, en acústico y como siempre acompañada por su intérprete de signos, "La puerta violeta", mientras su anfitrión, sentado atrás, daba palmas en el estribillo.
Y tras "Hoy puede ser un gran día" ha llegado la primera gran catarsis colectiva de la noche con "Mediterráneo", con la plaza puesta en pie y su autor, dejándose querer.
Mil veces versionada y reconvertida, traducida al italiano, al francés o al inglés y asentada como parte fundamental del acervo popular latino del último medio siglo, con esos arreglos inmortales de Juan Carlos Calderón y acariciando los 45 millones de reproducciones en Spotify, este himno suena ahora más reivindicativo y musculoso, con un montaje audiovisual donde caben desde pateras hasta Paco de Lucía, paellas, atardeceres rojos, inmigrantes saltando vallas, gastronomía árabe y fiestas populares.
Pero ha habido más: "Aquellas pequeñas cosas" ha sido cantada casi íntegramente por el público, con Serrat ejerciendo de complacido catedrático emérito ante alumnos de varias generaciones a los que ha puesto como nota final un "¡de categoría!" que ha sabido a gloria; y "Cantares", el gran himno machadiano que el barcelonés deja para la historia pero cuyo estribillo es ahora puro "rock and roll".
Para los bises ha reservado "De vez en cuando la vida" y "Fiesta" antes de complacer a sus parroquianos con "Paraules d'amor", de nuevo con la guitarra, su sonrisa y la sensación de haber ofrecido un gran recital a pesar de sus limitaciones vocales, el dolor de sus rodillas y otros achaques que se le perdonan porque es Serrat.
Porque es ese chico de barrio humilde que cantaba sus historias y musicaba poemas, peregrino de infinitos campos, no solo machadianos, en una España de tocadiscos en el salón, de casete en el coche y de radio en el bar, que luchó contra dictaduras y superó tumores, que actuó en escenarios de medio mundo y recibió, y aún recibe, premios y homenajes como un héroe en vida de la cultura popular.
Y que, en este 2022, ha decidido despedirse del público con una gira que le llevará este domingo a Palma, entre numerosas paradas más hasta llegar a diciembre a su Barcelona natal.
Como dijo aquel 9 d'Octubre de 2017 antes de recibir la Alta Distinción de la Generalitat Valenciana (en palabras de Ximo Puig, por representar "la razón cordial, el sentimiento plural"), la vida "es sal y azúcar, sol y sombras; nos quedaremos de momento con el sol, y cuando acabe la fiesta, ya nos recogeremos". La fiesta sigue, y eso que nunca persiguió la gloria. EFE
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València, 1 jul (EFE).- Con la experiencia como orgullo, la cultura como hedonismo y el saber como premio, Joan Manuel Serrat ha ofrecido esta noche la primera parte de su última clase magistral en València sobre los escenarios, pletórico en su oficio, pleno en su repertorio y con Rozalén como invitada por sorpresa para su fiesta.
En una plaza de toros con todas las entradas agotadas desde diciembre -este viernes será el segundo concierto valenciano de su larga gira de despedida, también con todo vendido-, con un público totalmente entregado, una temperatura veraniega y un ambiente propicio para la complicidad musical y vital, Serrat llegó, bromeó, reflexionó y sobre todo cantó historias durante 135 minutos.
A sus 78 años, el artista catalán ha hecho un repaso a través de veinticuatro canciones de su inmenso y reverenciado repertorio (44 discos y más de 600 temas a lo largo de 57 años sobre las tablas) pero dejando claro que esta gira tiene prohibida la nostalgia, y de hecho muchos de sus grandes clásicos han sonado más actualizados y con más potencia de lo habitual, apoyados en una gran banda.
En la arena valenciana, el autor de "Mediterráneo" ha jugado en casa, hablando en todo momento en catalán, con socarronería y complicidad en sus intervenciones, moviéndose por el escenario sin prisa pero sin pausa, echando mano de la guitarra en siete canciones y dejando en el ambiente un comentario que se ha repetido por doquier entre el respetable: "¡Quién llegara así a su edad...!".
Entre el público se encontraba una espectadora que ha sido muy aplaudida a su llegada, la exvicepresidenta del Consell Mónica Oltra, quien horas antes no pudo evitar llorar al traspasar su cartera a su sucesora, Aitana Mas.
Sobre un escenario austero (de grandes cortinas rojas y enorme pantalla), este compositor, poeta y cantante, trovador y juglar de Machado, Lorca, Benedetti, Neruda y Alberti, ha recuperado para esta despedida numerosas canciones en catalán de sus inicios, desde "El meu carrer" a "Temps era temps", pasando por "Seria fantàstic", "Me'n vaig a peu", "Cançó de Bressol", "Pare" y "Cançó de matinada".
Y las ha alternado con "Romance de Curro 'el Palmo'", "Señora", "Lucía", "Algo personal", "Nanas de la cebolla" (con homenaje a Alberto Cortez por haberle regalado la adaptación musical del poema de Miguel Hernández, que ha cantado con escenografía carcelaria), "Para la libertad" (con grafitis de Banksy) y "Los recuerdos".
A mitad del recital, una invitada por sorpresa: la cantautora albaceteña Rozalén, que ya grabó con él un tema en 2019 ("A la orilla de la chimenea") y que esta noche se la veía emocionada por formar dueto con su maestro; ambos han ejecutado "Es caprichoso el azar" y después ella sola ha interpretado, en acústico y como siempre acompañada por su intérprete de signos, "La puerta violeta", mientras su anfitrión, sentado atrás, daba palmas en el estribillo.
Y tras "Hoy puede ser un gran día" ha llegado la primera gran catarsis colectiva de la noche con "Mediterráneo", con la plaza puesta en pie y su autor, dejándose querer.
Mil veces versionada y reconvertida, traducida al italiano, al francés o al inglés y asentada como parte fundamental del acervo popular latino del último medio siglo, con esos arreglos inmortales de Juan Carlos Calderón y acariciando los 45 millones de reproducciones en Spotify, este himno suena ahora más reivindicativo y musculoso, con un montaje audiovisual donde caben desde pateras hasta Paco de Lucía, paellas, atardeceres rojos, inmigrantes saltando vallas, gastronomía árabe y fiestas populares.
Pero ha habido más: "Aquellas pequeñas cosas" ha sido cantada casi íntegramente por el público, con Serrat ejerciendo de complacido catedrático emérito ante alumnos de varias generaciones a los que ha puesto como nota final un "¡de categoría!" que ha sabido a gloria; y "Cantares", el gran himno machadiano que el barcelonés deja para la historia pero cuyo estribillo es ahora puro "rock and roll".
Para los bises ha reservado "De vez en cuando la vida" y "Fiesta" antes de complacer a sus parroquianos con "Paraules d'amor", de nuevo con la guitarra, su sonrisa y la sensación de haber ofrecido un gran recital a pesar de sus limitaciones vocales, el dolor de sus rodillas y otros achaques que se le perdonan porque es Serrat.
Porque es ese chico de barrio humilde que cantaba sus historias y musicaba poemas, peregrino de infinitos campos, no solo machadianos, en una España de tocadiscos en el salón, de casete en el coche y de radio en el bar, que luchó contra dictaduras y superó tumores, que actuó en escenarios de medio mundo y recibió, y aún recibe, premios y homenajes como un héroe en vida de la cultura popular.
Y que, en este 2022, ha decidido despedirse del público con una gira que le llevará este domingo a Palma, entre numerosas paradas más hasta llegar a diciembre a su Barcelona natal.
Como dijo aquel 9 d'Octubre de 2017 antes de recibir la Alta Distinción de la Generalitat Valenciana (en palabras de Ximo Puig, por representar "la razón cordial, el sentimiento plural"), la vida "es sal y azúcar, sol y sombras; nos quedaremos de momento con el sol, y cuando acabe la fiesta, ya nos recogeremos". La fiesta sigue, y eso que nunca persiguió la gloria. EFE
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Como ya he contado en otras ocasiones, son crónicas escritas pocos minutos después del concierto, a lo sumo una hora. Eso tiene mérito, sí, sobre todo cuando no había internet o lo había pero solo en ordenadores "de mesa" y en oficina.
Pero tiene también el hándicap de redactarlas "en caliente", con emociones aún a flor de piel, o en condiciones difíciles (en el suelo, en el asiento de un coche, casi a oscuras o en medio de una algarabía multitudinaria). Son solo unos ejemplos. El caso era contarle al mundo (suena un poco pretencioso, lo sé) qué había ocurrido encima de ese escenario. Ya habrá más ejemplos. Y que me quiten lo bailao.
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