Según la RAE, un "collage" no solo une imágenes, fragmentos, objetos y materiales diversos para componer una obra plástica, sino que también puede ser una obra literaria, musical o de otra índole que combina elementos de diversa procedencia. Completado el párrafo académico, sigamos.
A finales del siglo XX (vamos, desde finales de los 80) yo hacía collages musicales. Tenían forma de cinta (de hierro, cromo o metal, de 46, 60, 74, 90, 100 y hasta 120 minutos, de TDK, Sony, Basf, Maxell, Denon, Fuji... Me las conocía todas) y las diseñaba al milímetro para que al final de cada cara no se cortara la última canción; luego había que diseñar la carátula, el lomo, la dedicatoria...
Esa liturgia de DJ casero en la que tantos se vieron reflejados al leer "Alta fidelidad" (o ver la película) era algo tan especial que no se puede describir sin sonreír al echar la vista atrás, sabiendo cuántas y cuántas cintas-collage han podido salir de la cadena de música del salón de casa de mis padres y, ya luego, de la minicadena con doble pletina que me regaló mi hermano Ignacio. Aquello era lo más. Con qué poco nos conformábamos.
Aún guardo algunos de esos recopilatorios. Pero eso irá en otra entrada de este blog.
Luego -desde mediados de los 90 pero en mi caso, sobre todo a principios de los años 2000- llegaron los CD y las grabadoras de CD, y la cosa se lio parda. Pero ya era otra cosa, había más facilidades para que todo cuadrara, había muchísimas más fuentes de donde beber (vamos, que uno ya iba teniendo más fondo de armario y, aparte, existían ya las plataformas P2P -lo del eMule y Ares también dará, espero, para otra entrada de este blog-, con lo que el universo discográfico del que coger algo de aquí y un poco de allá empezaba a ser inabarcable) y también se iban ampliando los círculos de amistades, que a su vez ampliaban la paleta de colores sonoros de donde crear esos nuevos collages musicales digitales.
Y todo este rollo, ¿para qué? Pues para contar cómo llegué a los collages discográficos. A comienzos del siglo XXI, ya en Valencia (tras haber dejado el Madrid donde crecí y la Murcia donde empecé a vivir solo, con todo lo que eso implicó también a la hora de empezar a crecer mis aficiones musicales pagadas) y con bastante tiempo libre cuando no estaba trabajando, empecé a recortar portadas de discos de catálogos, folletos, revistas, anuarios, anuncios de prensa y todo aquello que oliera a música.
De niño y adolescente había cogido la costumbre (copiada seguramente de uno de mis hermanos) de guardar material gráfico de películas y música, quizá primero para hacer montajes primarios, forrar carpetas y esas cosas, pero que después me sirvió para el tema que ahora nos ocupa.
Durante algunas noches, sobre todo de fines de semana en que no salía con nadie ni me volvía a Madrid por cuestiones familiares, me tiraba horas recortando portadas de discos y viendo cómo podían cuadrar en un folio. Primero uno, luego otro, luego más. Y también aprovechaba que había internet en el trabajo, e impresora, para sacar alguna imagen (en blanco y negro, por supuesto) de algunos de mis grupos o cantantes favoritos.
Y con esos mimbres tejía yo estos collages musicales. De madrugada, con música de fondo, tijeras, pegamento y un amor infinito por los discos que me habían rodeado, me rodeaban o me rodearían algún día. Unos me salieron mejor que otros, claro. Y si hoy pudiera rehacerlos, habría portadas que no pondría. Pero son el reflejo de unos años y así han quedado. Durante muchos años han decorado algunas de las paredes de las casas donde he vivido y ahora están guardadas en fundas de plástico, tras pasar convenientemente por el escáner para su salvaguarda digital.
Fueron como rompecabezas de una vasta, vastísima discoteca mental donde cabían desde el pop hasta el jazz, el folk y el rock, el soul y la electrónica. A lo mejor algún día vuelvo a hacer alguno. Guardo cientos de portadas diminutas en una gran caja. Con colores, claroscuros y melodías. Como cantaba el más grande, "de nieve, huracán y abismos, el sitio de mi recreo".
Comentarios
Publicar un comentario