Bill Evans en Finlandia, ¿y por qué no?


Es mi pianista de jazz favorito, de cabecera, el más influyente para mi educación sentimental de esa música que improvisa, experimenta, acompaña, recrea, evoca, estimula y relaja. El jazz sin Bill Evans es, para mí, imposible. Tengo muchos discos suyos, sí, y también en vinilo. Su vida fue como la de tantos otros genios del jazz, una ruleta rusa donde los excesos se pagaron demasiado caro. Murió con 49 años pero su enorme discografía, sus conciertos y su forma de acariciar las teclas, su estilo a la hora de vestir, su peinado, sus barbas (ya en la etapa de los 70), todo ello le hacían pasar por lo que antes se conocía como "un señor mayor".

Este documento de 1970, rodado en una casa (menuda casa) particular de Helsinki diez años justo antes de morir, es para mí una joya. Lo descubrí el otro día por casualidad en Twitter. Simboliza tantas cosas y reúne tantos detalles que no soy capaz de tejer un argumento mínimamente hilvanado sin caer en tópicos y lugares comunes. Pero algo intentaré.

Es puro hedonismo sociomusical. Es como esa película que nunca rodaron juntos Woody Allen, el Hitchcok de los 70 y Stanley Kubrick. Es el retrato de una época donde los anfitriones de una casa se vestían de gala para recibir a sus invitados. Es media hora de niños corriendo por la casa, de radiadores kilométricos, de cámaras con trípode en medio de un salón nórdico, de juego de café y pastas, de collares de perlas. De conversaciones cultas, de silencios decorosos, de miradas de soslayo. Es como "La tormenta de hielo" pero en clave de jazz. Con Debussy en el ambiente lleno de humo, con el impresionismo por bandera y siempre con educación. Con "Emily" y "Alfie" saliendo de un trío perfectamente engrasado y atemperado.

Es Bill Evans. Y ya está.


PD: Existe una versión coloreada de este mismo documento audiovisual, con subtítulos en inglés, que le da un toque extra de nostalgia:



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